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lunes, 19 de junio de 2017

O lo creés o te podés quedar afuera

Todavía no hay conciencia sobre los trabajos del futuro

Como en ocasiones anteriores, hoy quiero compartir reflexiones y ratificaciones sobre los desafíos para los nuevos empleos, a partir de una nueva nota del tecnólogo Santiago Bilinkis, autor del libro “Pasaje al Futuro”.

La nota fue publicada el 17 de junio de 2017, lleva el título “Los trabajos del futuro” y tiene directa relación con las que publiqué en octubre del año pasado bajo los títulos Viejos y nuevos empleos: ¿estamos calificados? Parte 1 y Parte 2”, Argentina puede ser el Arabia Saudita de las energías renovables y Aprender toda la vida.


Bilinkis comienza con una suposición extrema que resulta un ejemplo claro y esclarecedor para introducir al tema, y dice:

“Imaginate que recibís una carta anunciándote que vas a competir en los próximos Juegos Olímpicos. ¡Ya está! Tenés tu lugar asegurado en Tokio 2020. Pero hay una salvedad: no se sabe aún en qué disciplina te tocará competir. Eso se decidirá en un sorteo el día anterior al comienzo de los Juegos y puede tocarte cualquier alternativa: sea tiro al plato, levantamiento de pesas, maratón, lucha grecorromana o clavado desde un trampolín. ¿Cómo te prepararías para esa competencia?”.
Y continúa:
“Ese es el desafío que enfrentamos hoy todos con respecto a los trabajos del futuro. Con creciente frecuencia diferentes estudios hablan de la inminente destrucción de empleo que las tecnologías generarán en las próximas dos décadas. Dos tercios de los trabajos actuales, los informes auguran, van a desaparecer. En su lugar surgirán roles nuevos muy diferentes de los que hoy desempeñamos. El cambio no será tan repentino, hay tiempo de irnos preparando. Pero prepararnos, ¿para qué? ¡Lo único que sabemos de esos nuevos empleos es que no tenemos idea de cómo serán!
El problema, de todos modos, es mayor de lo que parece porque la mayoría de las personas desatendemos las alertas. A pesar de que ve en los medios cada vez más notas sobre estos temas, seguimos adelante con nuestra vida sin hacernos cargo de lo que acabábamos de leer. ¡Dos de cada tres trabajos actuales pronto dejarán de existir!”

¡Dos de cada tres trabajos actuales pronto dejarán de existir!

La toma de conciencia

Santiago nos cuenta que, en su columna radial de hace unas semanas, realizó una encuesta a varios miles de personas para incorporar datos para este trabajo. Los resultados fueron claros: 71% de las personas creen que su trabajo no desaparecerá. Y aun cuando eso pasara, 69% se considera ya preparado para los nuevos trabajos que surjan. ¿Tendrán razón o es una increíble falta de conciencia sobre el problema?

Por eso sentencia:

“¡El primer paso para solucionar un problema es reconocerlo como tal!”

También nos dice que consultó los Gerentes de Adquisición y Retención de Talento de varias de las mayores empresas que operan en el país. Les preguntó qué rasgos eran los más buscados al seleccionar un candidato hace 10 años, cuáles ahora y cuáles estimaban que serán los necesarios de aquí a una década. “La conclusión fue reveladora: antes se buscaba conocimiento técnico y dedicación, es decir, habilidades duras y cumplimiento de normas. Hoy lo más importante es el trabajo en equipo, la empatía y la resiliencia (1), habilidades más blandas. En el futuro, la clave será la flexibilidad, el aprendizaje continuo y la creatividad/innovación, habilidades mucho más blandas aún y la capacidad ya no de cumplir sino de romper las reglas”.

Y así, Bilinkis remata su nota concluyendo que “la visión de estas personas nos da una pista de cómo prepararnos para esos “Juegos Olímpicos” del ejemplo inicial:

No importa tanto aprender cosas específicas como desarrollar la capacidad de seguir aprendiendo de manera constante e incentivar nuestra creatividad.

Y propone preguntas que cada uno debería hacerse a sí mismo:

Una primera pregunta sería si te parece que esas son las habilidades que privilegia la institución que hayas elegido para educar a tus hijos. Si apunta sobre todo al conocimiento técnico y el cumplimiento de normas, debés concluir que ¡tus chicos se están preparando para el año 2005 en vez de hacerlo para el 2025!

La siguiente pregunta que propone pensar es si estás anticipando correctamente los cambios que se avecinan en tu propia actividad profesional.

Y finalmente, la última cosa para que te cuestiones es qué lugar ocupa tu propia formación en tu vida y qué habilidades estás priorizando desarrollar. ¿Te estás preparando para seguir aprendiendo siempre y para romper las reglas?

Concluye enfáticamente diciendo que, seguramente, esto sea la clave para tu trabajo del futuro.

Jóvenes y no tan jóvenes

No hace falta decirlo (pero, por las dudas igual lo digo) que adherir y difundir todas estas advertencias no tienen vinculación alguna con ningún tipo de interés personal sobre el tema. Los que me conocen saben que estoy en la frontera de la edad jubilatoria y este monumental cambio de paradigma sobre la educación y el empleo impacta sobre los miles de jóvenes que estudian y trabajan, los que están por ingresar al sistema educativo  y también, peligrosamente, sobre aquellos que están todavía en plena vida laboral activa, de más de 40 años, para quienes la pérdida de su empleo podría resultar dramática por una muy dificultosa reinserción.

Con la excepción, por supuesto, de seguir practicando aquello de “Aprender toda la vida” porque, trabaje o no trabaje, estará vigente en mí hasta el final de mis días.

En mis notas anteriores, citadas al principio, decía que:

No veo que se advierta de manera masiva que lo aprendido, o lo que hoy se enseña, servirá para poco en los empleos que se ofrecerán en este futuro cercano.

Y planteaba que, según los especialistas, en los próximos veinte años, la tecnología avanzará más que en los anteriores mil. El avance del conocimiento del genoma humano permitirá avances en la medicina no imaginados hasta hace poco y hasta se piensa que se podrá prolongar la vida humana en diez años cada cinco.

La robótica y la Inteligencia Artificial (IA) se desarrollarán hasta ser capaces de hacer hasta casi todo y, en algunas cosas, mejor que el cerebro humano. Tal vez a muchos esto nos pone “la piel de gallina”, pero es lo que se viene. O, mejor dicho, ya está entre nosotros. Pues, entonces, ¿en qué y con qué capacitación, trabajarán las personas en ese futuro?

La disrupción es el fenómeno más temido. Por eso, avizorar el porvenir no es un juego de diletantes. Es entrenarse para leer los signos ocultos de lo que puede acontecer y estar preparado para enfrentarlo.

Es posible que los que pierdan su empleo carezcan de las habilidades necesarias para competir por los nuevos empleos.

Si no nos anticipamos a la amenaza, tendremos que estar dispuestos a pagar un altísimo costo económico y social.

Las empresas tendrán que apostar por el desarrollo del talento como pilar mismo de su crecimiento futuro. Más complejo es el papel que deberán cumplir los políticos, que deberán liderar un cambio en el sistema educativo y la regulación del mercado de trabajo, que llevan décadas de retraso en muchos países. 

Los políticos deberán liderar un cambio en el sistema educativo.

El último informe de Davos (Foro Económico Mundial) recomienda que los gobiernos y las empresas deberán tomar acciones urgentes y específicas lo antes posible, para gestionar la transición a corto plazo y generar una fuerza de trabajo con habilidades a prueba de futuro. Solo así se puede hacer frente al creciente desempleo y la desigualdad.

En nuestra Argentina (aunque creo que es válido para cualquier país) también tendrán que entender, y actuar en consecuencia, los sindicatos. Me refiero a sus dirigentes.

Los sindicatos y sus dirigentes también deberán reaccionar y contribuir a la capacitación de sus afiliados para que puedan defender sus empleos o conseguir nuevos.

Conclusiones

Los expertos sostienen que la “fecha de expiración” del conocimiento no llega hoy a los 10 años. Es decir, estamos en una era en la que los conocimientos durarán cada vez menos tiempo y muchos tipos de empleos actuales serán eliminados.

Por eso, en lugar de destinar el 100% del tiempo durante el 20% de la vida (de los 5 a los 25 años de edad) a aprender y después muy poco pensando que ya se lo sabe todo, la propuesta es:

Pasar de estudiar el 100% del tiempo durante el 20% de la vida, a estudiar el 20% del tiempo durante el 100% de  la vida.

Así que, más allá de los conflictos que el sistema educativo tiene, los salarios docentes y la infraestructura deficiente, se trata de un “borrón y cuenta nueva” en materia de contenidos. No se trata de “maquillar” una reforma, se trata de concebir todo de nuevo y cambiarlo de cabo a rabo. De lo contrario, para los nuevos empleos no habrá quien esté capacitado para ocuparlos.

Un chico que apenas termine el secundario (ni hablar si ni siquiera lo logra) o un universitario con este sistema, no tendrá cabida en este nuevo paradigma. No calificará y nadie lo tomará. Si no se cambia rápido, se pueden perder una o dos generaciones a las que les costará tener una salida laboral. Y aquí la pobreza será crónica.

Por eso les dejo la misma conclusión que en mi nota anterior sobre este tema:

Espero haberte ayudado a pensar. O mucho mejor que eso, a estimularte para que te prepares, vos y tus hijos, para lo que está pasando. Como se suele decir, el futuro es ahora.

Creo que la disyuntiva es “de hierro”: o lo creés o te podés quedar afuera.



(1)
Resiliencia viene del término latín resilio: “volver atrás, volver de un salto, resaltar, rebotar”. El término se adaptó al uso en psicología y otras ciencias sociales para referirse a las personas que, a pesar de sufrir situaciones estresantes, no son afectadas psicológicamente por ellas.
Sin embargo, el término desarrolla diferentes adaptaciones, según sea la ciencia o disciplina en la que se aplique.
Resiliencia puede referirse a:
·         La resiliencia; en psicología, capacidad de las personas de sobreponerse a períodos de dolor emocional y situaciones adversas.
·         La resiliencia; en periodontología, capacidad los tejidos blandos de recuperar su forma natural al hacer leve presión sobre el tejido, hay grosor adecuado que permite la compresión ligera.
·         La resiliencia; en sociología, capacidad que tienen los grupos sociales para sobreponerse a los resultados adversos, reconstruyendo sus vínculos internos, a fin de hacer prevalecer su homeostasis colectiva de modo tal que no fracasen en su propia sinergia.
·         La resiliencia; en ecología, capacidad de las comunidades y ecosistemas de absorber perturbaciones sin alterar significativamente sus características de estructura y funcionalidad, pudiendo regresar a su estado original una vez que la perturbación ha cesado.
·         La resiliencia; en ingeniería, energía de deformación (por unidad de volumen) que puede ser recuperada de un cuerpo deformado cuando cesa el esfuerzo que causa la deformación.
·         La resiliencia; en sistemas tecnológicos, capacidad de un sistema de soportar y recuperarse ante desastres y perturbaciones.
·         La resiliencia; en la cultura emprendedora, capacidad que tiene el emprendedor para confrontar situaciones que compliquen la generación y desarrollo de su plan de negocios o su proyecto a emprender, generando sinergia con sus socios o colaboradores para salir airoso y con determinación de ella; basado en la previsión del riesgo.
·         La resiliencia; en derecho, capacidad de las personas, dentro del marco general de los derechos humanos, de recuperar su estado original de libertad, igualdad, inocencia, etc. después de haber sido sometidas a las acciones de fuerza del Estado.
·         La resiliencia; en urbanismo, es la capacidad de la ciudad para resistir una amenaza, también absorber, adaptarse y recuperarse de sus efectos de manera oportuna y eficiente, incluye la preservación y restauración de sus estructuras y funciones básicas.
·         La resiliencia; en arte, es la capacidad de la obra de arte para conservar a través de la estética su particularidad, a pesar del creciente subjetivismo.









martes, 25 de octubre de 2016

Aprender toda la vida

De la educación al trabajo

Por su directa relación con temas que he venido abordando en el Blog, en esta nota quiero compartir con ustedes la presentación que, con ese título, hizo Santiago Bilinkis en el reciente Coloquio de Idea realizado en Mar del Plata.

El video que acompaño contiene el panel de “Educación y Empleo”, donde participa el Ministro de Educación de la Nación, Esteban Bullrich, a quien también vale la pena ver y oír. Habla de educación en los diferentes niveles escolares, contenidos, jornada extendida, comprensión de textos, y de la educación como la principal herramienta para combatir la pobreza.

Bilinkis y Bullrich en el panel "Educación y Empleo" del Coloquio de Idea


El video dura 1 hora 17´, pero Bilinkis comienza en el minuto 21 y dura unos 10 minutos.
Precisamente la reproducción comienza en ese momento, pero si tenés ganas, podés verlo íntegro o seguir también a cualquiera de los otros panelistas.

Antes de reproducirlo podría haber pensado que no tenía ganas (o tiempo) de “gastar” 10 minutos para ver otra conferencia en video, y mucho menos algo más de una hora. Pero después de verlo, creer que no tenía 10 minutos para escuchar esto, me pareció casi arrogante de mi parte. No sólo por su contenido sino porque me demostró claramente que, a pesar de muchos años de formación y experiencia, todavía queda muchísimo por aprender. Más aún, tal vez muchas cosas que sé, ya no sirvan. Y ni hablar si estás en plena vida laboral activa.


Para ubicar mejor a este tecnólogo, autor del libro “Pasaje al Futuro”, y que cité en mi nota “Viejos y nuevos empleos: ¿estamos calificados? Partes 1 y 2”, Santiago Bilinkis fue fundador de la empresa Officenet en 1997, una exitosa compañía de venta de insumos de librería con entrega a domicilio, que en el año 2000 se expandió a Brasil.

En 2004, las operaciones fueron adquiridas por Staples, el gigante internacional del sector, con 25 años en el mercado, más de 2300 tiendas en el mundo, ventas anuales de US$ 25.500 millones y el título de ser la segunda empresa que más vende por Internet (detrás de Amazon). A partir de marzo de 2011, la filial local pasó a llamarse Staples Argentina. 

La revolución educativa que necesitamos no es sólo aplicable a los jóvenes, sino que es fundamental para los adultos. Para los que creemos que ya sabemos lo suficiente, que ya cumplimos con nuestra etapa de estudio y ahora sólo nos queda trabajar y producir con ese conocimiento.




Algunos conceptos salientes

El problema es que, hoy en día, la duración promedio del conocimiento no dura más de 10 años.

Cuenta que una encuesta realizada en EEUU, sobre decenas de miles de casos, preguntó:
¿Cuántas horas por año dedican las personas a estudiar y aprender según los tramos de edad? Y el resultado fue el siguiente:

De los 15 a los 19 años: 1.250 horas.
De los 20 a los 24 años: 540 horas.
De los 24 a los 34 años: 86 horas.
De los 34 a los 54 años: 23 horas.
Después de los 54 años: 0

Los resultados son extremos, y para miles de casos, porque siempre habrá alguien mayor de 50 que está estudiando algo, o perfeccionando algún conocimiento, y dirá que, para él, el tiempo no es 0. Pero muestra la contundencia de la baja estrepitosa de dedicación al estudio a medida que se es mayor.

Aprender cuando éramos jóvenes era más fácil. Si ahora todos los temas son más complicados y difíciles, ¿no debiéramos dedicar más tiempo a estudiar y aprender?

Cuenta que la manera de ejercer medicina en el hospital de Harvard es, alternadamente, atender pacientes durante dos semanas y dedicar una a investigación y actualización, de manera continua.


La distancia ya no es un obstáculo. Hoy podemos estudiar en cualquier universidad prestigiosa del mundo desde nuestra casa, “on line”.

En un mundo que cambiaba lento, destinar el 100% del tiempo durante el 20% de la vida (de los 5 a los 25 años de edad) a aprender y después, prácticamente nada, podía funcionar. En un mundo que cambia rápido, ese modelo no sirve más.

La propuesta es pasar de estudiar el 100% del tiempo durante el 20% de la vida, a estudiar el 20% del tiempo durante el 100% de  la vida.

Un día por semana durante todo el tiempo que nos quede de vida. Es un cambio profundo sobre la manera en que encaramos nuestra propia formación. Esto es válido desde lo individual, de lo que podemos hacer cada uno.

Pero también vale para las organizaciones, empresas y todo lugar donde haya trabajo colectivo. Todas las compañías se proponen y se definen como “innovadoras”. Pero cuán innovadoras pueden ser si la mayoría de su gente está desactualizada.

Entonces, esto no se agota con dedicar un día “nuestro”, sino que todos deben entrar en esta gimnasia permanente de actualización. Si no ¿qué hacemos? ¿Vamos jubilando (o retirando) a la gente cada vez más temprano y reemplazamos a nuestros empleados por gente más actualizada, que entienda mejor todo lo que está cambiando?

La tendencia debería ser la contraria. La vida será cada vez más larga. Cada vez necesitamos ser más productivos hasta una etapa más avanzada de la vida.  No podemos quedarnos anclados al modelo anterior.

Las grandes universidades nacionales debieran incluir a las grandes compañías, a las grandes empleadoras, que tienen miles de personas trabajando en ellas.

Educar a los adultos es más complicado, más difícil. El problema que tenemos los adultos no es aprender, es “desaprender”. Cuando éramos jóvenes y bastante vacíos de conocimiento, todo entraba, había lugar, nada entraba en conflicto con nada. Pero cuando somos adultos, ya estamos llenos de preconceptos, experiencia, prejuicios; y cada concepto nuevo choca, nos resistimos, y nos cuesta soltar nuestras certezas anteriores.

Precisamente porque es difícil, resulta cada vez más imprescindible que dediquemos tiempo a nuestra actualización y a la de nuestra gente.

Queda claro que hay que reinventar el modelo educativo. El desafío es grande, pero el premio también.

En definitiva, dejo aquí escritos algunos conceptos salientes de la charla por si no tenés 10 minutos para verla y oírla, pero sí tenés 5 para leer. El resto corre por tu cuenta.


“Creo que la disyuntiva es “de hierro”: o te lo creés o te podés quedar afuera”. Salvo que no te importe.





martes, 11 de octubre de 2016

Cuánto nos falta para festejar

La competitividad es un término que nos parece lejano

La expresión del título no tiene signos de interrogación porque no es una pregunta. No se trata de definir un plazo hasta llegar a la meta. Es, más bien, una exclamación que sintetiza el largo camino por recorrer por la Argentina para ser competitiva en el mundo.

Es muy común escuchar, antes y ahora, a los dirigentes de diversos sectores, diciendo “tenemos que mejorar nuestra competitividad; es imperativo que seamos más competitivos para poder insertarnos en el mundo y poder colocar nuestras producciones, generando divisas para el país”. Lo dicen los gobiernos, sea el nacional o los provinciales y municipales, los sectores del comercio exterior, los puertos, las economías regionales, las cámaras empresarias, los sindicatos, las consultoras y los economistas, los empresarios en particular y otras organizaciones. Pero hay que ver qué acciones de conjunto están realizando, o están dispuestos a poner en marcha, para trabajar todos en el mismo sentido y buscar la misma meta: buscar en serio mejorar la competitividad más allá del discurso.

Si bien es cierto que el término “competitividad” no es complicado, tengo la sensación que muchos dirigentes lo enuncian con entusiasmo, pero no lo entienden. Como veremos, la competitividad depende de algunos factores que “tiran” en sentido contrario y cuya conciliación es, por definición, muy complicada. Por lo tanto, es difícil que puedan explicarle al ciudadano común cuál es la importancia que tiene en sus asuntos económicos cotidianos.

Y también por eso, a veces la promoción de una mayor competitividad sólo se declama, pero es difícil lograrla.

En estos días se han conocido muchas noticias sobre nuestra posición competitiva en el mundo y todas dejan en claro que no estamos bien. Más bien, estamos bastante mal. Algunas lo expresan, de modo optimista, como que vamos en camino de una mejora, y otras con gran sentido crítico y pesimismo.
Analizaremos muchas opiniones, recetas y recomendaciones, pero lo que interesa marcar es qué significa para el argentino común esta mala nota que tenemos a nivel internacional.

¿De qué se trata?

Veamos primero, sintéticamente, qué se entiende por Competitividad o, simplemente, la “capacidad para competir”:

La competitividad (de calidad y de precios) se define como la capacidad de generar la mayor satisfacción de los consumidores fijado un precio o la capacidad de poder ofrecer un menor precio una vez fijada una cierta calidad. Concebida de esta manera se asume que las empresas más competitivas podrán asumir mayor cuota de mercado a expensas de empresas menos competitivas, si no existen deficiencias de mercado que lo impidan.
Frecuentemente se usa la expresión pérdida de competitividad para describir una situación de aumento de los costos de producción, ya que eso afectará negativamente al precio o al margen de beneficio, sin aportar mejoras a la calidad del producto.
La competitividad puede definirse de manera clara, cuando se aplica a una empresa o grupo de empresas concreta, que vende sus productos en un mercado bien definido. En ese caso una pérdida de competitividad amenaza a largo plazo la supervivencia de la empresa o grupo de empresas.
Aplicado a un país el concepto de "competitividad" es más dudoso, ya que un país no es una empresa y el principio de la ventaja comparativa establece que, dados dos países con fronteras de posibilidades de producción adecuadas (FPP), encontrarán especializaciones mutuamente beneficiosas que garanticen la continuidad del comercio, sin que la viabilidad económica de uno de los dos países esté comprometida.
Hagamos un pequeño alto aquí para decir que la frontera de posibilidades de producción (FPP) es un modelo marginalista que contiene el conjunto de combinaciones teóricas en factores productivos y/o tecnologías en los que se alcanza la producción máxima. Refleja las cantidades máximas de bienes y servicios que una sociedad es capaz de producir en un determinado período, a partir de unos factores de producción y unos conocimientos tecnológicos dados.
Por lo tanto se dan tres situaciones en la estructura productiva de un país:

Estructura productiva ineficiente: Cuando se encuentra por debajo de la FPP, es decir, o no se utilizan todos los recursos (recursos ociosos), o bien la tecnología no es la adecuada (puede ser mejorada). Siempre que un país tenga una tasa de desempleo por encima del 5%, ese país se encontrará en esta estructura productiva, porque se dispone de una mano de obra que no se utiliza.

Estructura productiva eficiente: Se sitúa frente la frontera o muy cercana a ella. No hay recursos ociosos y se está utilizando la mejor tecnología.

Estructura productiva inalcanzable: Se encuentra por encima de las posibilidades de producción. Es teórica, ya que ningún país puede producir por encima de sus posibilidades.


La competitividad depende de la relación calidad-costo del producto, del nivel de precios de algunos insumos y del nivel de salarios en el país productor. Estos factores, en principio, estarán relacionados con la productividad, la innovación y la inflación diferencial entre países. Existen otros factores, que se supone tienen un efecto indirecto sobre la competitividad, como la capacidad innovativa del mismo, la calidad del servicio o la imagen corporativa del productor.

Salario
El nivel salarial medio es uno de los principales costos en muchas industrias, en particular la manufactura basada en tecnologías convencionales y el sector servicios.
Así por ejemplo, en muchas tecnologías relativamente nuevas, China, Taiwán y parte del sureste asiático han basado su competitividad en salarios relativamente más bajos que los países occidentales o Japón. Durante la crisis económica de 2008-2014 trataron de imponerse en el sur de Europa legislaciones laborales que disminuyeran la capacidad de negociación de los trabajadores, con el fin de bajar los salarios y ganar así una competitividad en esos países que les permitiera aumentar sus exportaciones y aliviar la deuda privada y pública de dichos países.
Calidad del servicio
Calidad de producto es la capacidad de producir factores que satisfagan las expectativas y necesidades de los usuarios. Por otro lado, también significa realizar correctamente cada paso del proceso de producción para satisfacer a los clientes internos de la organización y evitar elementos defectuosos. Su importancia se basa en que la satisfacción del cliente aumenta su fidelidad al producto.
La calidad del servicio está relacionada con la capacidad de satisfacer a clientes, usuarios o ciudadanos, en forma honesta, justa, solidaria, transparente y puntual, logrando altos grados de satisfacción.
Productividad
La productividad es la razón entre la cantidad de producto producido, fijada una cierta calidad, por hora trabajada. La productividad depende en alto grado de la tecnología (capital físico) usada y la calidad de la formación de los trabajadores (capital humano).
Así, en países industrializados, los empleados pueden producir en promedio mucha mayor cantidad de bienes gracias a la existencia de maquinaria que mecaniza o automatizan parte de los procesos. En cuanto a los servicios, especialmente los que requieren atención personal directa, la productividad frecuentemente es mucho más difícil de mejorar mediante capital físico o humano.
En cambio, históricamente la producción de bienes manufacturados ha sufrido grandes aumentos de productividad gracias a la introducción de bienes de equipo y nuevas tecnologías. Las comparaciones empíricas a nivel internacional, sin embargo, muestran que la calidad del capital humano o la intensidad del capital físico (grado de mecanización), sólo son capaces de explicar una fracción modesta de la competitividad general o la renta de los países ricos.
Una mayor productividad redunda en una mayor capacidad de producción a igualdad de costos, o en un menor costo a igualdad de cantidad de producto o servicio producida.
Un costo menor permite precios más bajos (actividad comercial) o presupuestos menores (organizaciones de Gobierno o de Servicio Social).
Los informes y las mediciones

Uno de los informes que trata de analizar el “vaso medio lleno”, y no “medio vacío”, es el de Coyuntura Económica Semanal del Banco Provincia de Buenos Aires (30-9 al 6-10-16) que titula “Argentina ganó 2 posiciones pasando del puesto 106 al 104”. Sólo estamos mejor que El Salvador, Paraguay, Bolivia y Venezuela. Aquí va un resumen:

El Índice de Competitividad Global (ICG) 2016-2017 del Foro Económico Mundial (FEM o WEF, por sus siglas en inglés World Economic Forum) mejoró en 2016 con relación al 2015. La versión más reciente del ICG, que evalúa anualmente los factores que impulsan el crecimiento y la productividad en 148 países, ubicó a Argentina en la posición 104, resultado que significó una mejora de dos posiciones en relación al período anterior, impulsada principalmente por factores de innovación y sofisticación que reflejan una mejor preparación para hacer frente a un entorno futuro cambiante.

A nivel global, por octavo año consecutivo Suiza se ubicó en la posición número uno, seguida por Singapur, Finlandia, Alemania y Estados Unidos. En Latinoamérica y el Caribe, las economías más competitivas son Chile (34 a nivel global), Panamá (42) y México (51); por su parte, Argentina (104) se ubica en el puesto 16, solo por encima de El Salvador (105), Paraguay (119), y Venezuela (134).

El final del súper ciclo de materias primas significó una reducción importante de ingresos en países exportadores de commodities como Brasil, Venezuela, Colombia, Ecuador y Argentina. Asimismo, la caída del comercio y los precios a nivel global afectó la demanda de bienes primarios dejando como resultado déficits de cuenta corriente y gubernamentales en casi toda la región. No obstante, a pesar de la devaluación en relación al dólar exhibida últimamente, las exportaciones no se han logrado recuperar, dejando en evidencia los retos de competitividad para la región, donde, de acuerdo al WEF, la productividad ha disminuido durante los últimos 20 años.

El WEF o FEM define la competitividad como el conjunto de instituciones, políticas y factores que determinan el nivel de productividad de una economía. El índice está constituido por 114 indicadores que capturan conceptos que atañen a la productividad y al desarrollo de largo plazo, agrupados en doce categorías conocidas como “pilares de competitividad”: instituciones, infraestructura, entorno macroeconómico, sanidad y enseñanza primaria, enseñanza secundaria y formación, eficiencia del mercado de bienes, eficiencia del mercado laboral, desarrollo del mercado financiero, preparación tecnológica, tamaño del mercado y sofisticación empresarial e innovación.

Así las cosas, Argentina se destaca en capacitación y educación universitaria, mientras que el entorno macroeconómico es el pilar en el que peor se clasifica.

Asimismo, la encuesta del WEF identifica los factores que considera más problemáticos para hacer negocios en cada economía. En Argentina, los resultados expuestos plantean la necesidad de hacer frente a la inflación, mejorar la relación impositiva respecto a las ganancias y acercar los servicios financieros a las necesidades de negocio. También marca la necesidad de mejorar la calidad de las instituciones y un marco de mayor protección a la propiedad intelectual.

La calidad de la educación y el uso del talento humano fueron señalados como indicadores de progreso.

Para quienes les resulte interesante consultar el informe, aquí les dejo el enlace:

Diversificación para lograr competitividad

Refiriéndose al mismo ICG del FEM, la revista Mercado dice que esta tendencia a la baja lleva ya una década, se refiere a países en todos los niveles de ingresos y se atribuye principalmente a un incremento de las barreras no arancelarias, la carga que suponen los trámites aduaneros, el impacto de las normas sobre la inversión extranjera directa y el predominio de la titularidad extranjera.

Esto es especialmente relevante para Latinoamérica en un momento en el que los países buscan diversificar sus economías y encontrar nuevos motores de crecimiento económico.

“El declive en la apertura de la economía global está afectando la competitividad y dificultando la tarea de lograr crecimiento inclusivo y sostenible”, afirma Klaus Schwab, fundador y presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial. Este informe también arroja luz sobre por qué la relajación cuantitativa y otras medidas de política monetaria han sido insuficientes a la hora de reactivar el crecimiento a largo plazo para las economías avanzadas del mundo.

El informe concluye que las intervenciones por parte de economías con puntuaciones comparativamente más bajas en el ICG no generaron el mismo efecto que aquellas llevadas a cabo en economías con altas puntuaciones, lo que sugiere que una mejor competitividad subyacente es un requisito clave para que el estímulo monetario tenga éxito.

El informe ofrece información sobre cómo las prioridades podrían estar cambiando para aquellos países en las primeras etapas de desarrollo.

Si bien los motores básicos de competitividad como la infraestructura, la salud, la educación y el buen funcionamiento de los mercados siempre serán importantes, los datos del ICG sugieren que desde 2014, el rendimiento de los países en términos de absorción tecnológica, sofisticación empresarial e innovación adoptó un papel más importante a la hora de aumentar el PIB per cápita.

La absorción tecnológica, la sofisticación empresarial y la innovación son decisivas a la hora de aumentar el PBI per cápita.


La Argentina, penúltima en competitividad de costos de la industria

Otro informe, publicado por Liliana Franco en Ámbito, muestra el ranking publicado por la Escuela de Negocios IMD (International Institute for Management Development, que se encuentra en la ciudad de Lausana en Suiza).

Indica que, pese a que ha avanzado algunos puestos con relación al año pasado, la Argentina sigue siendo uno de los países menos competitivos del mundo. El ranking 2016 del IMD ubica al país en el puesto 55 (sobre 61 naciones) con un avance de 4 posiciones con relación al año anterior.



Entre los criterios generales que toma en cuenta esta reconocida escuela de negocios, en el capítulo infraestructura es donde la Argentina se encuentra mejor posicionada, con el puesto 51. Aquí se considera la base tecnológica, científica y de recursos humanos necesarios para el desarrollo de los negocios.

Por el contrario, en lo concerniente a la capacidad del gobierno para llevar adelante políticas que conduzcan a la competitividad, la administración argentina se lleva una de las peores calificaciones, con el puesto número 58, sólo superada por unos pocos países como Venezuela.

Algo mejor se ubica el país en la calificación sobre la forma en que las empresas están desarrollado de manera innovativa, rentable y responsable su tarea. En este caso se sitúan en el puesto 55.

El cuarto criterio que toma el IMD es la evolución de la macroeconomía del país, aspecto que localiza en el puesto 53 a la Argentina.

El informe da cuenta de los sectores en los que el país logró los mayores avances y también los retrocesos más marcados.

Para mejor
Entre los factores que registran los progresos más significativos en el año en curso con relación al anterior, se destacan: la transparencia, la situación de las finanzas públicas, la política monetaria del Banco Central, el combate contra los sobornos y la corrupción y la calidad de las decisiones gubernamentales.

Para peor
Por el contrario, los aspectos que desmejoraron en la Argentina son: el déficit de la cuenta corriente, el desequilibrio de las cuentas del Tesoro, la cantidad de maestros por alumnos en la educación secundaria, la baja en el producto bruto interno por habitante y la remuneración de los directivos, entre otros.

El trabajo, que contó con la colaboración de la Universidad Católica Argentina (UCA), señala cinco desafíos para el año en curso. Ellos son:
  • Sostener la estabilidad económica a través de una creciente cohesión social y política.
  • Fortalecer la administración pública y el imperio de la ley.
  • Contener las presiones inflacionarias mediante políticas monetarias y fiscales, pero sin poner el peligro el crecimiento.
  • Fomentar la competencia en sectores clave en la formación de precios.
  • Desarrollar incentivos para estimular la actividad empresarial y la internacionalización en actividades con mayor valor agregado.


Hong Kong, primero


El ranking 2016 arroja como novedad que Estados Unidos resignó el puesto de país más competitivo que detentó en los últimos tres años, para pasar a un tercer lugar. El primero en el podio corresponde a Hong Kong, seguido de Suiza. 

Los "top ten" se completan con Singapur, Suiza, Dinamarca, Holanda, Holanda, Noruega y Canadá. 

El factor común entre los países más competitivos, señala el informe, es que "se focalizan en una regulación favorable para el desarrollo de los negocios, cuentan con infraestructura, tanto física como intangible, e instituciones inclusivas". 

En cuanto al contexto latinoamericano, Chile con el puesto 36 es el país mejor posicionado. La Argentina fue el único país que progresó en el último ranking, superando a Brasil que se encuentra en el puesto 57.

Índice de Competitividad Global

La columna vertebral del informe, y otra forma de medición del FEM, es el Índice de Competitividad Global (ICG), que captura el conjunto de instituciones, políticas y factores que determinan el crecimiento económico sostenible y ayudan a explicar por qué algunos países son más exitosos que otros en elevar, de manera sostenible, su productividad, niveles de ingreso y oportunidades para sus respectivas poblaciones.

Es decir que, el índice de competitividad mide la habilidad de los países de proveer altos niveles de prosperidad a sus ciudadanos y cuán productivamente utiliza sus recursos disponibles.

Argentina ha obtenido 3,79 puntos en este Índice de Competitividad y ha empeorado su puntuación respecto al informe de 2015 porque, si bien es cierto que obtuvo el mismo índice de 3,79 puntos, bajó del puesto 104 al 106 en el ranking de competitividad.
Se miden 142 países y, para poner en perspectiva, señalemos que Suiza mide 5,72, Estados Unidos 5,48 y, en América Latina, Puerto Rico 4,67, Chile 4,61 y Panamá 4,50.

En la tabla mostramos la evolución de la posición de Argentina en el Índice de Competitividad Global:

Argentina - Índice de Competitividad Global
Fecha
Ranking de Competitividad
Índice de Competitividad
2016
106º
3,79
2015
104º
3,79
2014
104º
3,76
2013
94º
3,87
2012
85º
3,99
2011
87º
3,95
2010
85º
3,91
2009
88º
3,87
2008
85º
3,87
2007
70º
4,02


La competitividad del campo argentino y la cuestión ambiental

En abril de este año, el diario La Nación decía que “Quienquiera que conozca las características de la economía productiva argentina sabe que el campo es el que hace los mayores aportes relativos a la riqueza del país. Se debería saber de igual manera que los índices de productividad de las actividades agrícolas y ganaderas figuran al tope, en términos internos comparados con otras actividades, por tratarse del sector que se plantea, de modo constante, cómo mejorar su competitividad en el orden internacional”.

“O se hacen las cosas bien, a fin de medirse con éxito en el plano externo, o uno se queda condenado a los límites del mercado interno”.

El daño está en estar buscando permanentemente amparo en regulaciones estatales, que por lo general subsidian, establecen barreras arancelarias o paraarancelarias, o distorsionan los precios relativos, como en el caso del valor de la moneda.
Con las medidas del nuevo gobierno el campo se ha movilizado una vez más para acrecentar en la campaña por iniciarse los índices de productividad.
“La Argentina es más un supermercado de dimensiones mundiales que un granero abastecedor de puertos”.

Esto implica no sólo producir commodities -soja, maíz, trigo, cebada, girasol, carnes-, sino multiplicar su valor en procesos de industrialización de materias primas. Así se generarán, además, nuevas fuentes de trabajo”.
El estado de la infraestructura da una dimensión de las posibilidades reales de desarrollo del país. La nuestra ha sido descuidada hasta el punto que, su degradación paulatina y la inseguridad física de los pobladores rurales, son las principales razones para que abandonaran campos quienes los habitaron por generaciones.
También pone su acento en que la competitividad, como objetivo vinculado al desarrollo nacional, es incompatible con la ausencia de criterios sobre sustentabilidad social, económica y ambiental.
En 2018, por los compromisos contraídos en los protocolos recientemente firmados, la Argentina deberá dar a conocer cuáles serán sus contribuciones a un mejoramiento de la situación en materia de calentamiento global. Ha llegado el momento de pensar las cuestiones ambientales, más que a partir de las fronteras políticas internas, desde la perspectiva de ecorregiones comunes en ventajas y problemas.
“Cuando la población mundial es de más de 7000 millones y aumenta a razón de un uno por ciento cada año, el planeta ordena autodefensas que los propios productores argentinos han condensado antes de ahora en la meta de "producir conservando". Frente a una comunidad internacional más inquisidora sobre las prácticas agronómicas, tener esto en cuenta será decisivo a la hora de generar la competitividad de nuestro campo”.
Competitividad desigual entre sectores

En su columna en El Economista, Facundo Matos Peychaux nos dice que el saldo exportador en los primeros ocho meses del año 2016 fue negativo por primera vez desde 1999 para ese período, según datos de la Aduana. De cara a los próximos años, el dato supone un desafío: más allá de lo que se logre con ajustes a la política macroeconómica, un verdadero desarrollo del mercado exportador debe venir con una mayor inserción mundial y diversificación en productos y destinos. Esta afirmación es producto del primer ranking que mide la competitividad por sectores, desarrollado por la consultora Abeceb.

Los sectores más competitivos, según el informe, son Alimentos, Insumos metálicos básicos y Farmacéutica, mientras que Madera, Indumentaria, Materiales de construcción y Calzado son los menos competitivos. Por otra parte, Automotriz, Productos químicos, Bebidas y Autopartes, son los  sectores que más evolucionaron en la década 2004-2014.



Según el trabajo que realizó esta consultora Abeceb, liderada por el economista Dante Sica, nuestro país está en el 25 lugar entre 26 países en un listado que mide el costo laboral para fabricar una unidad de producto, o el Costo Laboral Unitario Global de Manufacturas (CLU).  "Es una medida usada internacionalmente para determinar la ”competitividad de costos” o “competitividad precio” entre los países".

El columnista entrevistó a Dante Sica, quien explicó que “desde finales del 2000, hubo una recuperación del volumen industrial pero no cambió el patrón. El desafío es hacer un cambio estructural más fuerte en los próximos años. Viene una etapa en la cual hay que invertir mucho para ampliar capacidad y mejorar eficiencia no solo a nivel de la planta sino a nivel del país. Porque la competitividad sectorial se vincula mucho a la nacional. Una macro desestabilizada te aumenta la complicación de la micro”.

Tener un mercado de capitales chico, una moneda no sana, apreciación del tipo de cambio y discrecionalidad de reglas son cosas que afectan bastante.

Hay que ganar competitividad, pero no sólo por la productividad espuria que te da el tipo de cambio.

“La inflación siempre es un flagelo, tener una moneda débil implica que tengas un mercado de capitales poco desarrollado y eso es un factor de pérdida de competitividad. Pero está claro también que Argentina  no va a competir por mano de obra. Somos un país de costo medio-alto que tiene que generar industrias, sectores y empresas que generen alta productividad para absorber los costos de mano de obra, que son mayores que el resto de nuestros competidores”.


Conclusiones

Para los que tuvieron la paciencia o, mejor dicho, el interés de leer todas estas consideraciones sobre la competitividad para los países en general, y para la Argentina en particular, tal vez todavía no hayan logrado resolver lo planteado al principio: cómo influye este concepto, tan complejamente técnico, en nuestra vida cotidiana.

Pues permitime decirte que, aunque la principal responsabilidad recae sobre los gobiernos y la dirigencia en general (política, empresaria y sindical), todos tenemos algo que ver y que hacer. Seguramente teniendo en cuenta el sector en el que nos desempeñamos, ya seas un trabajador, un pequeño comerciante o pequeño industrial, un productor agropecuario, un empresario mediano o grande, un supermercadista, un administrador portuario, una universidad o un profesor, un científico o un innovador.

La competitividad no se pide como un deseo al “genio de la lámpara”.

A partir de reglas orientadas a generar las condiciones para conseguirla, todos tenemos una cuota que aportar si queremos conseguir la capacidad para producir bienes y servicios de forma eficiente (precios decrecientes y calidad creciente), de tal manera que puedan competir y lograr mayor cuotas de mercado, tanto dentro como fuera del país. Y con eso derramar beneficios sobre todos los sectores de la sociedad. 

Cuando planteamos algunas pujas distributivas con cierto “salvajismo” (hay pujas redistributivas que son muy legítimas), flaco favor le hacemos a la competitividad. Los sindicatos pujando por mayores salarios, los empresarios por bajarlos, los formadores de precios aumentando sin justificación y “por las dudas”, los que fijan precios intermedios en las cadenas de valor aplicando altos precios sin importarles el conjunto, los que no invierten en capacitar a su gente fomentando la mejor productividad por talento y calidad, los que tienen que invertir en nuevas tecnologías porque las que usan han entrado en obsolescencia, los argentinos con capacidad para invertir y que no lo hacen esperando que vengan a invertir los de afuera.

Con todos pensando en el “agua para el molino propio” y casi en un “sálvese quien pueda”, flaco favor le hacemos a la competitividad.

Este es “un carro que hay que tirar entre todos”, con la cuota que a cada uno corresponda y desde el lugar en donde estamos.

No hay crecimiento ni desarrollo para la Argentina si no comprendemos que su competitividad es esencial, si el concepto nos resulta indiferente o si sentimos que nosotros no tenemos nada que ver.

Inteligencia, solidaridad, inspiración y coordinación en la acción es lo que nos hace falta.