Mostrando entradas con la etiqueta tasas de interés. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tasas de interés. Mostrar todas las entradas

miércoles, 14 de marzo de 2018

Inflación, la “hija descarriada del déficit fiscal”, sigue vivita y coleando


Actualización de “El vaso medio vacío o medio lleno”

Por favor, vean con cuidado los resultados de esta nota, que es la actualización de otra anterior, porque este tema viene siendo “vapuleado” en casi todos los medios de comunicación, con análisis, entrevistas, diagnósticos y pronósticos.

Está concebida como una nota sobre economía en la vida cotidiana, que es la que mejor entendemos todos.

En casi todos los espacios en los que se trata nuestro actual proceso inflacionario se preguntan por qué los precios siguen subiendo, pero además, se plantea una pregunta que se contesta poco: ¿por qué muchos productos de consumo habitual (alimentos, ropa) son más caros que en el resto del mundo? Por supuesto, medidos en moneda dura.

En mi nota de agosto de 2016 “El vaso medio vacío o medio lleno - ¿El déficit fiscal subió o bajó?”y analizando el impacto de la inflación en la vida cotidiana, referencié un análisis publicado en setiembre de 2015 por Infobae, que resumía los resultados de la inflación de los últimos 12 años entre 2003 y 2015, para un listado de productos de consumo comunes y sus precios en supermercados conocidos (por simplificación, a los efectos de este análisis, me ubico en el final de 2015).



Al pie del cuadro dije que dejaba para otra oportunidad hacer una nueva comparación contra precios actuales de los mismos productos y en los mismos supermercados.

También definí en mi nota “Más fácil decirlo que hacerlo”, y como una verdad de Perogrullo, que “la inflación se detendrá cuando los precios dejen de subir”, que “la inflación es la hija descarriada del déficit fiscal” y que “las tasas de interés son las hijas obedientes de la inflación”.

Como está claro, son fenómenos “enganchados” y el dólar, como cualquier otra “mercadería”, tarde o temprano sigue la misma tendencia. Yo no me preocuparía por el valor del dólar como un dato aislado en sí mismo, sino por las causas que provocan su valor respecto de nuestro peso.

Los últimos 27 meses

Estos son los resultados para Marzo de 2018, donde se puede ver la evolución de los mismos precios en los últimos 2 años y tres meses (haga click en el enlace):


Como se ve, para los 12 años entre 2003 y 2015, la inflación para estos productos estuvo entre el 20 y el 30% anual acumulativo, sin solución de continuidad.

Para los siguientes 27 meses, hasta la actualidad, el impacto inflacionario no sólo no ha quedado a la saga de 2015, sino que ha sido superior, en términos de porcentaje anualizado, en la mayoría de los casos, salvo muy pocas excepciones (por caso, el aceite de girasol).

Además, nótese la gran dispersión de la evolución inflacionaria sobre los distintos productos. Incluso medidos en dólares, la mayoría de los productos ha aumentado su valor en esa moneda, en porcentajes asombrosos.

Esto indica, muy a priori, que los formadores de precios actúan de manera bastante disímil en las distintas categorías de productos, pero lo que queda muy claro es que NUNCA SE QUEDAN ATRÁS.

Contestando la pregunta del principio (precios más altos que en el resto del mundo) algunos analistas han respondido que el fenómeno es producto de una “cultura” crónica desarrollada, al menos, en los últimos 50 años. Esta cultura, en los que forman o ponen precios, los impulsa a la conducta del “me cubro por las dudas”.

Cuando, en nuestro país, se dice que tal o cual cosa (en general, negativa) es producto de una “cultura”, se tiende a minimizar el concepto porque parece un argumento genérico que dice poco. Pero, profundizándolo, es mucho más fuerte de lo que parece.

Muy superficialmente significa que, cuando nos acostumbramos a actuar de determinada manera y, sobre todo, cuando nos “afecta el bolsillo”, la razón se nos nubla y prevalece el “sálvese quien pueda”. Y para los que ponen precios, ni siquiera los cambios en el consumo y la falta de ventas les hace “poner la marcha atrás”.

La “trampa” de las promociones

Una demostración de este hecho la he notado desde hace tiempo y tiene que ver con las clásicas promociones de los supermercados, en particular, y de muchos comercios, en general:

Cuando ponen precios siguiendo esta cultura del “me cubro por las dudas”, en general se pasan de largo.

Entonces, atraen al público con “ofertas” de, por ejemplo, 50% de descuento en la 2da. unidad. Y van rotando de un producto a otro y de un fabricante a otro.

Esto demuestra que se pasaron de largo con el precio. Aunque el precio promocional ofrecido contenga una pequeña proporción de descuento real, el grueso de la “baja” es producto de un precio exagerado. Y de paso, venden 2 o más unidades.

Por ejemplo, en esta búsqueda actual de precios encontré muchos casos. Voy con uno: un supermercado ofrece un producto a $ 30,85 y “promociona” un 40% de descuento en la 2da. unidad. Y entonces publica: “llevando 2 $ 24,68 c/u.”

Estoy convencido que ese producto tendría que valer alrededor de $ 25.-, pero en la cadena de formadores de precios, se “pasaron de largo”. La manera de lograr el precio correcto es “disfrazarlo” de promoción y, de paso, es un buen marketing. El problema es que, cuando la promoción se corta para cambiarla por otra, vuelve a aparecer el precio lleno que está sobrevaluado. Y el diferencial de rentabilidad va a parar desde nuestros bolsillos a la cadena comercial.

Esta cuestión, cultural como le gusta decir a algunos, es una de las explicaciones de por qué muchos productos son más caros que en otros lugares del mundo medidos, por ejemplo, en dólares.

Como dije al principio, elegí actualizar el mismo cuadro de productos publicado en mi nota de agosto de 2016, tal lo comprometido, pero podría analizarse del mismo modo cualquier canasta de productos que usted prefiera.

Los números pueden verificarse en las páginas web de los supermercados citados:

El costo argentino

No obstante esta cultura de nunca olvidarse de remarcar, con motivo o por las dudas, la comparación con los precios internacionales para el mismo producto tiene, para muchos, el fundamento del “alto costo argentino”. Y no les falta razón.

La altísima presión tributaria, las altas cargas laborales, la falta de crédito a tasas razonables, y los altos costos logísticos, en particular, el transporte, agregan unos componentes a los precios que dan algo de justificación legítima a los que los forman.

Por ejemplo, para eliminar el perverso y regresivo Impuesto a los Ingresos Brutos que cobran las provincias, el gobierno se tomará cinco años. Mientras tanto, y aprovechando que el Pacto Fiscal se los permite, algunas provincias no sólo lo mantienen sino que aumentaron las alícuotas.

Parece mentira que, mientras la gente no puede más con los aumentos de todo, y aún con un dólar subiendo, los sueldos en la Argentina son más altos (en dólares) que en Brasil u otros países de la región e, incluso, mayores que en algunos países de Europa.

Como si todo esto fuera poco, y para agregar tensión a las cuentas nacionales que por sus desequilibrios producen inflación, seguimos sin poder dar vuelta una balanza comercial deficitaria en la que importamos mucho más que lo que podemos venderle al exterior.

¿Qué hacer?

Algún lector me dirá que esto es simple diagnóstico y descripción de la realidad, pero nada dice sobre cómo salir del problema. Primero digo que nos es mi responsabilidad hacerlo o, en todo caso, nadie me invitó a aportar algo. Pero algo diré, aunque la cuestión es extremadamente compleja para resumirla en pocas frases.

Tres conductas que creo imprescindibles:

El Gobierno: cortar lo más rápidamente posible con el déficit fiscal y, dentro de él, achicar o erradicar el creciente déficit comercial; dedicar el transitorio (espero que sea transitorio) endeudamiento externo a eliminar impuestos distorsivos y no a financiar gasto corriente; contribuir al achicamiento de los componentes del “costo argentino”, entre ellos las cargas laborales, el transporte y las tasas de interés para préstamos al sector productivo.

Los formadores de precios (fabricantes y supermercados): racionalizar sus costos de producción hasta el último centavo dejando de “cubrirse por las dudas”. Parece voluntarismo, pero no hablo de control de precios, sino de rendir cuentas (por ejemplo, ante la Secretaría de Comercio) de los grandes componentes del costo que terminan formando el precio.

Por ejemplo, el litro leche de La Serenísima (y otros de sus productos) vale $ 30 cuando otras marcas alternativas valen $ 20. Más allá de discusiones sobre la calidad, todos sabemos que el precio tiene un componente publicitario enorme. Creo en la libertad, pero a veces hay que ponerle ciertos límites cuando afecta a tanta gente.

Otro ejemplo: cuando Carrefour inició su campaña de “precios corajudos” para los productos de marca propia, manteniéndolos fijos durante 6 meses, todos sus clientes se dieron cuenta que, en el principio, esos precios eran bastante superiores a los de marcas alternativas. Cubrieron de antemano el “congelamiento”. Claro, con el tiempo las diferencias se fueron licuando hasta convertirse en "buenas ofertas", pero ¿y las diferencias iniciales?. No hay magia.

Los consumidores: estar muy atentos y no resignarse a absorber los precios que les ponen por delante. Si no les gusta, no compren y busquen una alternativa. La soberanía del consumidor es imbatible, es una conducta colectiva que tiene un poder inigualable.

Conclusiones

La inflación sigue muy presente en la Argentina con todas las explicaciones que se pueden dar sobre los factores macroeconómicos harto analizados (déficit fiscal, endeudamiento externo, emisión monetaria, tasas de interés, expectativas, confianza, etc. etc.), pero también tiene un componente “cultural” propiamente argentino por el que los actores económicos que forman precios nunca “aflojan” ni ceden nada. Y no hay pedido ni clamor desde las altas esferas de quienes gobiernan que les haga mella.

El proceso de cambio llevará mucho tiempo, si es que alguna vez cambia. Entretanto, los consumidores debiéramos ser más selectivos y, desde nuestro pequeño pero importante papel (porque somos los que ponemos la plata), darles una lección y, si notamos alguna “avivada”, dejar de comprar. 

Como corolario, y como lamentable ironía sobre el valor de nuestro peso, también dije en aquella nota: “Aunque, como el billete actual de 100 pesos no alcanza para nada, por lo menos tuvimos que admitir que hizo falta uno de 200 y otro de 500, para empezar”. Bueno, pues ya tenemos el de 1.000 también. Y su valor aún sigue siendo menor a 50 dólares.

Los títulos de las dos notas anteriores que motivaron esta actualización, “El vaso medio vacío o medio lleno” y “Más fácil decirlo que hacerlo”, lamentablemente mantienen toda su vigencia.

Más vale que el vaso empiece a llenarse y que todo lo que se dice con el optimismo del “vamos bien” se convierta en hechos. Más temprano que tarde. Porque en realidad parece que, por ahora, “no le encuentran el mango a la bocha”.

Menos violento y cruel que el monstruo de la guerra, pero no menos maligno, el monstruo de la inflación también es un “monstruo grande que pisa fuerte”.

Nos hemos acostumbrado tanto a vivir con inflación alta, con una batalla constante entre precios y salarios, que la tenemos incorporada “culturalmente” y nos hace creer que “la vamos llevando”. Pero pareciera que no tenemos idea del daño brutal que provoca, en el presente y en el futuro.


No debería ser así. Depende de todos, pero de algunos más que de otros.








lunes, 5 de junio de 2017

6 veces 100

Errar es humano, pero perdonar es sólo divino

Hoy me reencuentro con los lectores de mi blog y quiero agradecer mucho, luego de estos tres meses de pausa, a todos los seguidores amigos que me han escrito preguntándome por mi ausencia bloguera. Un estímulo inapreciable que agradezco de todo corazón. Pues aquí estoy y espero poder continuar expresando libremente mi pensamiento y mis ideas sobre temas en los que creo que tengo algo que decir.

El título de hoy se relaciona con la parábola bíblica del “Setenta veces siete”. Recordemos que, en Mateo 18:21 y 18:22, se produce el siguiente diálogo entre Jesús y Pedro:

“Entonces Pedro, acercándose a él, dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?”

“Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aún hasta setenta veces siete”.

Obviamente que esta parábola no busca introducir a las cuentas matemáticas en las enseñanzas divinas, no indica que hay que perdonar 490 veces y después basta de perdonar. Es claramente un símbolo sobre la infinitud de la capacidad divina de otorgar perdón a los pecados de los hombres.

Pero en la vida mundana y cotidiana, entre los hombres, no existe tanta condescendencia, ni desde lo legal ni desde la paciencia de la gente.

100 días

Dicen que, en todas las democracias del mundo, existe para los gobiernos un “hándicap” de 100 días en los que las autoridades elegidas por el voto popular tienen el espacio para definir los grandes lineamientos de su mandato y ejecutar, sin mayores objeciones, las medidas básicas para lograrlos. Y esto es tanto si se trata de promesas de campaña como de correcciones a los desajustes que “descubran” después de asumir.

Pues bien, estamos casi en los seiscientos días de mandato del actual gobierno (6 veces 100), que equivalen al 40% del mandato total (1460 días), y las variables económicas más sensibles y dramáticas no sólo no están mejor sino que están peor. Y el “estamos mal, pero vamos bien” empieza a agotar las paciencias y el perdón bíblico aquí no funciona.

El gobierno que asumió el 10 de diciembre de 2015 se encontró con las cuentas fiscales colapsadas, las tarifas atrasadas, el dólar oficial atrasado y el cepo cambiario, la inflación disparada, la pobreza altísima, la recesión conspirando contra el empleo, las tasas de interés por las nubes. Sí, todo eso y algunas cosas más.

A partir de allí, podría haber elegido (en los primeros 100 días) un ajuste brutal “sin anestesia” para corregir todas estas cosas, con consecuencias inimaginables para la población; o un esquema gradual para ir saliendo de estos números insoportables.

Eligió este último camino, pero después de transcurrido un 40% del mandato, lo que no puede hacer es agrandar el problema. Nos armaríamos de indulgencia si, con este gradualismo, estuviéramos viendo una disminución de todas estas “pestes”, pero el asunto es que muchas de ellas han aumentado o están igual.

Después de transcurrido un 40% del mandato, lo que no puede hacer es agrandar el problema.

La madre del borrego

En mi nota “El vaso medio vacío o medio lleno” decía “Si el déficit fiscal es “la madre del borrego” o el quid de la cuestión, y la inflación es su hija descarriada. ¿Cómo corregirlo? En general, las medidas necesarias no le gustarán a nadie.

El déficit fiscal (“la madre del borrego”) aumentó; a la inflación confiesan “no encontrarle la vuelta”; las tasas de interés siguen altísimas, sobre todo para el crédito a las PyMes y las hipotecas de primera vivienda; el dólar sigue retrasado (como consecuencia de intentar controlar la inflación).

¿Cuál es el límite para el stock de LEBAC?
La deuda pública interna y externa bien medida (nación más provincias más municipios más los fondos de los jubilados) aumentó a un 53% del PBI (el volumen de LEBAC colocadas por el Banco Central es igual a la base monetaria y supera a las reservas del BCRA).

La recesión en las ventas por los aumentos de precios hace que, en algunos sectores de la economía, cada vez se vende menos (excepción de autos, motos, y algo de construcción y metal mecánica).

Así será muy difícil alcanzar las metas que el propio gobierno definió: 3,5% de crecimiento para 2017 y una inflación del 17%. Y eso que los analistas calculan un dólar de $ 17,95 para fin de año, apenas un 12% por encima del de principios de año y por debajo de la inflación y de las tasas de interés.


Dice Julián Guarino, desde Ámbito:

El déficit fiscal en opinión de algunos analistas es el verdadero artífice del estancamiento económico. Con los cañones puestos en el gasto público y con desembolsos por encima del 40% para movilizar las adhesiones políticas de los sectores de bajos recursos, las posibilidades de achicar las cuentas públicas son nulas. Según los analistas, el déficit 2017 terminaría siendo el tercero más elevado de la historia, "apenas" por detrás del Rodrigazo y del "pico" de Alfonsín.

El Gobierno viene de establecer una pauta oficial de crecimiento de 3,5% en el Presupuesto para este año. Y si bien había sectores más optimistas que el propio Gobierno, otros en cambio alertaban que si el déficit no comenzaba a caer, las consecuencias seguirían pesando sobre la posibilidad de una recuperación. En las últimas semanas, el FMI, la CEPAL y numerosos analistas revisaron sus proyecciones a la baja.

En esta nueva tanda, las proyecciones van desde un déficit de 4,8% del PBI hasta un 7%. Optimistas, FIEL y JP Morgan piensan en un déficit de entre 5 y 5,3% mientras que los más pesimistas llegan hasta un 7% (Capital Economics), Societe Generale (6,9%) y UBS (6,8%) coinciden en el pronóstico. En la plaza financiera señalan que la Argentina se encuentra inmersa en una estanflación y que el origen de la misma es fiscal. Para los analistas, sin una corrección de los problemas fiscales de fondo, Argentina tiene bajas probabilidades de volver al sendero de crecimiento y por el contrario, tiene chances de seguir atrapado en la dinámica de estancamiento de los últimos años con un PBI sin crecimiento en el análisis punta a punta.

Sin una corrección de los problemas fiscales de fondo, Argentina tiene bajas posibilidades de volver al sendero del crecimiento.

No es para menos: el déficit fiscal es el principal problema de la economía, germen de la inflación y del endeudamiento, la carga tributaria récord y el empleo escaso, y clave para entender por qué la Argentina dejó de crecer a partir de 2011.

El propio Mauricio Macri expresó en una conferencia de prensa en la ciudad de Santa Fe: "Sabemos el cuantioso déficit fiscal que tiene la Argentina, que es un tema que tenemos pendiente de resolver porque no es sostenible en el largo plazo un nivel de déficit como el que tiene la Argentina y muchas provincias y ciudades en forma individual".

El Ministerio de Finanzas difundió, el jueves 27 de abril, los datos de la deuda pública de Argentina al concluir 2016. La cartera que conduce Luis Caputo detalló que la deuda pública bruta ascendió en diciembre a U$S 288.447,8 millones, un 13,6% más que los U$S 253.989 millones registrados al cierre de 2015.

Este aumento de U$S 34.458,6 millones en los pasivos del Estado, tanto en pesos como en dólares, llevaron a la deuda pública al 53% del PBI calculado en U$S 544,5 mil millones.

Dice Manuel Alvarado Ledesma en Infobae:

Un problema central, que nuestra economía viene arrastrando por años, proviene del déficit fiscal y los vencimientos de deuda. El endeudamiento y la emisión monetaria pueden considerarse su consecuencia. Con Macri, se ha pasado de la emisión descontrolada al endeudamiento. Frente al problema del déficit, el Gobierno financia la caja fiscal mediante endeudamiento.
¿Tal estrategia es válida? En la medida en que sea sólo un transitorio mecanismo para ganar tiempo, y siempre cuando el Gobierno vaya aplicando medidas de fondo para reducir el gasto, la estrategia parece viable. Porque tiene patas muy cortas.

Pero la historia argentina muestra la fuerte tendencia de los gobiernos al populismo; concretamente, a dormirse en los momentáneos laureles, abandonándose en el tiempo, sin tomar el toro por las astas. Ya en 1776, Adam Smith escribía: "El arte que más rápidamente aprenden los gobiernos es el de esquilmar el dinero de la gente".

Hoy no hay más lugar para aumentos en la presión tributaria. Por el contrario, debe bajarse. No se pueden aumentar los impuestos para achicar el déficit. Llega un punto donde cualquier aumento en la presión impositiva se vuelve en contra de la recaudación y, por ende, tiende a incrementar el déficit.

Conclusiones

Después de toda esta perorata, descripciones y números, el lector me dirá: bueno… entendí, pero y entonces ¿qué hay que hacer?

Resulta claro que no hay magia y las correcciones no son confortables. Hay que dar una batalla frontal contra el déficit fiscal. Pero sin eufemismos, hay que bajar el gasto del estado que está extraordinariamente por encima de lo que recauda. ¿Ortodoxia? Sí, ortodoxia. El que tenga una receta heterodoxa para que todos estemos contentos durante el ajuste, que la diga y explique cómo la financia.

Venimos escuchando hasta el cansancio que de esta situación se sale con crecimiento, inversiones, “brotes verdes” y nuevos empleos. Claro que es así, pero esto no pasará si los problemas de base continúan vigentes.

La confianza externa (para atraer inversiones) no se gana sólo con promesas en reuniones amables. Los inversores sonríen con cortesía, pero miran con mucho cuidado lo que pasa en el país, hacen sus análisis de riesgo y esperan mejores tiempos. Los empleos están en jaque por las nuevas tecnologías y la gente no está capacitada para calificar. Y el crecimiento, con semejante déficit fiscal, inflación y recesión, se hace muy difícil.

Así que primero lo primero, porque lo que nos hará progresar vendrá como consecuencia virtuosa, después que arreglemos lo que hay que arreglar.

Porque ya han pasado 6 veces 100 días y no está Jesús para perdonar setenta veces siete.








jueves, 11 de agosto de 2016

Un depredador anda suelto

La inflación pulveriza los pesos. Cuándo hay, en realidad, renta financiera?

Si tuviera que asignarle una categoría a este tipo de notas, las pondría bajo el nombre de “Economía para todos” o “Economía popular”. Y de antemano me disculpo con el lector que encuentre razonamientos obvios, o demasiado simples, pero la intención es que los conceptos estén al alcance de todos.

Hace tiempo está instalada una polémica, con relación al impuesto a las ganancias, que discute la presión de este impuesto (que todos deberíamos pagar en su justa medida) sobre los sueldos que superen un buen mínimo, las utilidades empresarias comerciales o industriales, la renta sobre inmuebles, y otros de carácter productivo; y se pregunta por qué no está gravada la renta financiera, que la ganan, supuestamente, los que no hacen nada para obtenerla.

Vamos a intentar mostrar cuándo un resultado financiero es verdaderamente una renta real diferenciándolo de una supuesta ganancia financiera que de renta no tiene nada. Y agregamos algunos enlaces para aquellos que quieren profundizar el tema.

Edufinet define a renta como la utilidad o el dinero que rinde periódicamente una cosa, y agrega que una renta financiera es la que se genera con un conjunto de capitales con unos vencimientos que completan un período de tiempo.

Wikipedia, con términos similares, dice que las rentas financieras se definen como una “distribución de capitales que se reparten a lo largo de una partición temporal. Son el conjunto de cargas impositivas que gravan las utilidades producidas por la venta de acciones y títulos que no cotizan en la Bolsa y cuya utilidad tenga cierta periodicidad, y al reparto de dividendos netos que las empresas realizan entre socios y accionistas residentes en un país determinado”.
“Pero no todas las rentas suelen tener igual tratamiento. Habitualmente los intereses de plazos fijos obtenidos por un individuo no pagan este impuesto, debido a que la renta financiera generalmente resulta de la valorización de una inversión a lo largo del tiempo. Tampoco pagará el impuesto un individuo que compra acciones para invertir con carácter casual -y que no se dedica permanentemente a esta actividad- por la diferencia que obtenga al momento de venderlas.
En general, la renta derivada de las diferencias por la venta de títulos públicos suele estar exenta; normalmente el impuesto tampoco pesa sobre los dividendos recibidos de una sociedad. El fundamento radica en que la sociedad ya pagó el gravamen correspondiente sobre esas ganancias”.

Efectivamente, de esto trata el proyecto de ley enviado por el Ejecutivo al Parlamento. Las utilidades líquidas de las empresas pagan el 35% de impuesto a las ganancias. Luego, cuando estas empresas deciden entregar parte de estas utilidades, pagando dividendos a sus socios o accionistas, esta renta en cabeza de los mismos debe estar exenta porque esas utilidades ya pagaron el impuesto.

Ahora veamos el caso de los depósitos a plazo fijo. Los intereses devengados por los mismos nunca pueden ser renta financiera porque, en un país con alta tasa de inflación, dichos intereses pierden contra la inflación y el monto obtenido al final, con los intereses sumados al capital inicial, tendrán menor poder adquisitivo que al principio.

En una nota anterior decía que “la inflación es la hija descarriada del déficit fiscal” y que “las tasas de interés son las hijas obedientes de la inflación”. Esto es así porque la tasa de interés para los plazos fijos siempre es “negativa”, o sea, es menor a la tasa de inflación en algún porcentaje. Dicho sea de paso, digamos que la contrapartida son las tasas activas, que le cobran los bancos a los tomadores de préstamos. Éstas son siempre “positivas” porque, en general, superan en varios puntos a la inflación. El tomador tendrá que compensar la diferencia con la renta de la actividad o producto al que se dedica.

Supongamos que Ud. constituye un plazo fijo de $ 100.000.- a una tasa del 24% anual y lo renueva cada 30 días. Por el efecto de la capitalización mensual Ud. obtendrá lo que se llama una tasa efectiva del 26,8%, es decir, que al cabo de un año tendrá $ 126.800.- Si la inflación, en ese mismo año, fue del 44%, para comprar algo que, al principio del plazo fijo valía $ 100.000, ahora necesitará $ 144.000. Y Ud. sólo tendrá $ 126.800, o sea, habrá perdido $ 17.200. Obviamente nadie le devolverá la diferencia, pero esos $ 26.800 están muy lejos de considerarse una “renta financiera”.

En el sitio denominado “Tu inflación” podés simular en segundos el impacto destructivo de la inflación sobre tus pesos, seas un empleado que cobra un sueldo, un ahorrista, un futuro comprador de bienes,  o un depositante de plazo fijo.

Hoy el simulador está trabajando con una inflación anual proyectada del 44,09%, y una del 3,04% para los últimos 30 días. Allí podés hacer cálculos, con la cifra que se te ocurra, para saber: Cuánto se desvaloriza tu ahorro?; Cuánto te va a costar algo en el futuro?; Cuánto valor de compra pierde tu sueldo?; Cuánto realmente “ganás” (o perdés) con tu plazo fijo?; y Si te aumentaron el sueldo, vas a ganar más o menos?

Hay otro tipo de ingresos que sí son verdaderas rentas porque el capital que las genera está intrínsecamente cubierto de inflación. Pongamos por caso a alguien que posee diversos inmuebles y hace, del alquiler de los mismos, una actividad habitual. Los alquileres obtenidos están sujetos a pagar impuestos porque son una renta real ya que el valor de la inversión “en ladrillos” se la supone a salvo de la inflación y mantienen su valor en el tiempo.

Del mismo modo si Ud. opera en la compra y venta de acciones de empresas que no  cotizan en bolsa. Si obtiene ganancias, éstas pagarán impuestos (también podrá compensar las pérdidas).

Por todo esto, en materia económica, nada debería festejar más la sociedad que la baja de la inflación o, si es posible, su eliminación. Es un depredador que nos come vivos, todo el tiempo. Y con respecto a las rentas financieras, hay que separar muy bien “la paja del trigo”.

Pareciera que, lentamente, vamos en ese camino, pero a no descuidarse porque el monstruo sigue suelto.